Preocupado por lo que ocurre en el Tibet y por el porvenir de su gente y su país, Tenzin Gyatso decide volver secretamente un día para recuperar el guante mágico, cuyo escondite conoce él sólo. Nunca vio ese guante, pero el lugar en que se encuentra se transmite de dalái-lama en dalái-lama. Y a él, -14° de los jefes espirituales y temporales del pueblo tibetano, exiliado en Daramsalah, en el Norte de India- le gustaría poder encarar las noticias desesperanzadoras procedentes del Tibet.

Desde 1959, el año en que tuvo que abandonar su país tras la invasión china, Tenzin Gyatso se pasó el tiempo encontrando a gentes de su pueblo, refugiados al igual que él en las provincias lindantes con el Tibet, reconfortándolos y prometiendo una vuelta futura a su país para vivir en paz. Pero, desgraciadamente, las informaciones sobre el asunto eran poco tranquilizadoras y hasta alarmantes. Además, ya que durante sus viajes al extranjero las numerosas peticiones de ayuda y apoyo que formuló para que los chinos cambiasen de opinión no dieron resultado alguno, tuvo que tomar esta decisión grave, arriesgándose la vida: acudiría al corazón de la cordillera himalaya para buscar aquel guante que le permitiría descubrir el porvenir de su país.

Con el fin de andar cuanto más discreto podía, el Dalái-Lama se quitó la vestimenta tradicional, que hasta entonces se había empeñado en seguir llevando para mostrar que no cambiaron sus ideas y que hacía de él un ser venerado por su pueblo entero.

Disfrazado de sherpa, cruzó un puerto nevado montado en un burro y acompañado de un guía. Era la mejor manera de entrar en su país sin llamar la atención.

El andar fue largo y agotador, pero al cabo de cuatro días, alcanzaron los pies del Monte Kailash. No era el más alto, pero era el que preferían los tibetanos, por ser muchos los que acudían a este lugar de peregrinación, más allá de la meseta desértica de Chantang.

Allá arriba, a 6500 metros de altitud, en una cueva honda y enterrado por entre las ofrendas, había de encontrarse la arqueta laqueada que encerraba el guante.

Ahora era cuando el Dalái-Lama tenía que ser de lo más discreto, porque tenía la obligación de juntarse a la larga cola de peregrinos que venían a recogerse. Al cabo de largas horas de mucho caminar, se detuvo en la entrada de la cueva. Dando unos pasos atrás, se dio cuenta de que la abertura tenía la forma de una mano. Dentro, una sucesión de huellas le indicaba el camino que seguir para encontrar el escondite.

“¡Tiene que ser aquí!” pensó, asombrado por la coincidencia, pero tuvo que aguardar el momento propicio para ocultarse en un rincón oscuro, detrás de una peña.

Tras haber cavado y extraído la arqueta, sacó el guante algo polvoriento.

Una vez sacudido, un rubí centelleante apareció en la palma del guante amarillo. Tras unos instantes de emoción, se repuso el Dalái-Lama, puso el guante en su bolsillo y salió, como si nada.

So-Nam, un hombre joven y bajo pese a sus veintidós años, con los ojos verdes y el pelo castaño, llegó a su vez a la cueva para ofrendar un trozo de tela que acababa de desgarrar de su ropa.

Los dos hombres se cruzaron en la entrada. Ese sherpa, de aspecto extraño, levantó sospechas y So-Nam, pensando que era un ladrón, lo prosiguió y lo alcanzó, cayéndose el hombre al huir.

Ya muy cerca de él, el joven tibetano reconoció fácilmente al Dalái-Lama. Arrodillándose ante él, se excusó mil veces por haberse equivocado, pero enseguida Tenzin Gyatso lo levantó:

-Levántate amigo mío, y ven conmigo fuera del alcance de los ojos curiosos.

-Pero… Pero ¡¡¿Por qué… está aquí?!! Creía que estaba en el exilio.

-Es verdad. Vivía en el exilio, pero he vuelto secretamente a ver cómo irá evolucionando la invasión.

-Está bien, pero ¿por qué arriesgarse la vida? Los chinos se han implantado por todas partes y dan muestras de una crueldad deshumana. Torturan y masacran a las gentes. Los que se oponen al invasor los fusilan. En Lhassa, así como en otras partes, hay mucha pobreza. Dicen que los suicidios van aumentando. El ejército chino continúa destruyendo todo cuanto recuerde el antigo régimen del Tibet y ha arrasado ya tres de cada cuatro monasterios. Aquí, corre usted peligro. Hubiera podido encargar la misión a alguien.

-Varias veces lo hice, pero quería ver la realidad con mis propios ojos y aprovechar los poderes del guante mágico para viajar al futuro y enterarme de la evolución de la situación.

El Dalái-Lama constataba que se trataba de un hombre culto, que sabía leer y escribir, lo que escaseaba en el Tibet. Así, a cambio de su silencio, le contó la procedencia del guante y le propuso cumplir la misión en su sitio.

-Irás al futuro para ver lo que el Tibet ha venido a ser. Tendrás que ir a varias épocas, observar con atención lo que pase y notificarme tus observaciones. Trata el guante con sumo cuidado, ¡son muchos e inimaginables sus poderes!

So-Nam no podía sino aceptar la propuesta de su maestro venerado. Iba a dejar la miseria de toda la vida para servir al Dalái-Lama, ¡honor supremo! Dadas las últimas recomendaciones, los dos hombres se separaron tras múltiples abrazos.

De vuelta en casa, el joven preparó unas cuantas cosas y avisó a su familia de que se tenía que alejar durante cierto tiempo para el trabajo.

En camino, So-Nam divisó un lugar muy aislado donde estrenar el guante sin que nadie lo viera. Luego de esto, pronunció las palabras mágicas escritas en un viejísimo grimorio:

-A torbellinazos de luces y a tres rayazos de nueces, proyéctame en el año… 3010.

Y efectivamente del rubí brotó primero humo torbellinando, luego rayos multicolores que deslumbraron a So-Nam. No tuvo tiempo para preguntarse lo que le sucedía, desapareciendo ya las luces cegadoras de la piedra preciosa.

Entonces se percató del cambio del paisaje: ya no estaba en las altas mesetas sino en Lhassa, la capital, al pie del Potala.

Siempre quiso visitar este palacio, residencia sagrada de los Dalái-Lama y fue su primera sorpresa la de constatar que bajo esos techos de oro, el palacio albergaba ahora una famosa discoteca.

Mientras iba paseando, apuntaba sus observaciones: los monasterios que ya eran cadenas de restaurantes, las calles empedradas donde reinaba la miseria dejaron sitio a inmensas galerías comerciales iluminadas.

Asombrado por tantos cambios, llegó hasta preguntarse si bien se trataba de su país; pero la presencia de estatuillas sagradas recordaba la civilización tibetana.

Todo el mundo parecía tener qué comer y aunque la gente vivía en paz, So-Nam intuía que los chinos seguían dirigiendo al país. Los tibetanos, minoría muy fuerte, seguían sumisos.

Numerosas personas frecuentaban los magníficos jardines públicos o los grandes parques de atracciones dirigidos por chinos, y todo el mundo se desplazaba en tren, en bus o en coche.

No todo entendía el joven, pero era curioso y preguntaba a los transeúntes; al cabo de cierto tiempo, se enteró de que su vestimenta los intrigaba. “¿Por qué este hombre no tenía más que un guante?”

Durante una discusión, cometió el error fatal de desvelar el secreto del guante, por lo que se le echaron detrás.

Teniendo que esconderse, decidió transformar el guante ya demasiado famoso:

-A torbellinazos de luces y a tres rayazos de nueces, guante mágico ¡transfórmate!

Pronunciadas las palabras mágicas, destelló el guante y desapareció cobrando la forma de un libro, un bolígrafo, una tortuga y otras muchas cosas aún antes de estabilizarse en coche. Un coche distinto de los demás: un magnífico coupé negro con ordenador de a bordo, ABS, airbag doble, etc. pero sobre todo, la capacidad de engullir los eventuales ladrones. Impresionado por tanto lujo, So-Nam se apresuró a ponerse al volante. Pudo entonces viajar a través del país sin riesgo y constatar que los pueblitos del Tibet ya eran grandes ciudades modernas.

Considerando que tenía suficientes informaciones, decidió ir aún más allá del futuro. Programó el ordenador con el año 7580. Nuevamente, un remolino de colores se apoderó de él y lo trasladó al período deseado.

Desde el momento en que llegó, los miraron todos con rareza.

“¿De dónde sale este tipo extraño sin armar y que se mueve tan sólo en el suelo?” parecían preguntarse los habitantes que todos llevaban una pistola láser en la cintura. Pero, a So-Nam le sorprendió aún más verlos volar gracias a reactores ubicados en las suelas de los zapatos. Constató también que algunos llevaban máscaras por miedo a la polución.

En muchas partes se podían contemplar restos de las diferentes civilizaciones que se habían sucedido en el territorio.

Aproximándose al recinto de un templo budista, se preguntó dónde estaban los molinos de plegarias. Dentro, la gente iba a empujones.

-¿Por qué hay juegos en este templo? preguntó a una de las personas.

-¿Cuál templo, señor? Es un casino. Ya no es ningún santo lugar desde hace mucho tiempo. Por aquí, la gente pone en juego grandes cantidades de dinero.

-¿Pero dónde va a recogerse entonces?

-Pobre hombre, si hace ya más de 2500 años que ya ninguna religión existe, desde que se descubrieron nuevos planetas habitables por el Hombre. Esto permitió contentar a todo el mundo: los chinos, demasiadamente numerosos, abandonaron la Tierra, así como las diferentes religiones.

So-Nam entró en un estanco y compró un ejemplar del “Roboticinfo”. Hojeando el periódico, vio un anuncio que le interesaba:

Gran Torneo de Magia
1er Premio: La varita de oro
Con la participación del famoso Hevisto Mámut
Inscripciones: 14 53 17 220

Curioso por conocer al famoso mago del que todos hablaban, reflexionó un instante antes de decidirse e ir a apuntarse.

Días más tarde, vino un viejo a presentarse a So-Nam:

-Amigo, vengo porque corre una voz que dice que vas a participar al torneo de magia. He de avisarte que Hevisto Mámut es poderosísimo, impera sobre sus adversarios desde hace años. Procura ridiculizarlos. Abandona, no tienes la menor posibilidad, forastero.

-No te preocupes, ¡no corro ningún riesgo, señor prudente!

Y para convencerlo, le contó su historia, cómo llegó hasta ahí. Tras haber asombrado al viejo hombre, el relato lo tranquilizó:

-¡Por fin alguien que va a plantarle cara y cerrarle el pico! Hace ya algunos años que espero que alguien me vengue, desde que perdí a mis amigos al ridiculizarme él.

No hizo sino motivar más a So-Nam.

Llegó el gran día. Lo asombró lo incentivo de este tipo de espectáculo para la población. La multitud de espectadores rodeaba las numerosas plataformas voladoras donde se celebraban las pruebas. Para la ocasión, So-Nam precisó de volver a transformar el coche en guante.

A lo largo de las primeras pruebas, nadie parecía prestarle atención, prefiriendo la fuerza desconcertante del inmenso Hevisto Mámut.

Tras cuatro horas, de los cuatro cientos inscritos sólo quedaban dos: So-Nam y Hevisto Mámut, que el tribunal no lograba desempatar.

Era terrible la lucha, el joven resistiendo a cada número de magia del famoso mago. Éste se fatigaba y ya iba cuestionándose.

Enterándose de las dudas de su adversario, So-Nam contraatacó  y decidió dar el golpe de gracia. Hasta el momento, había vacilado en transformar su adversario, pero había que acabar con él. Tendió la mano, dejando asomar el rubí, y anunció:

-A torbellinazos de luces y a tres rayazos de nueces, quítale los poderes y trasládalo a otra dimensión.

Bastaron no más de algunos segundos para que desapareciera el mago, engullido por la espiral de luces multicolores.

La muchedumbre, sorprendida primero, terminó aclamando triunfalmente al vencedor. Le satisfacía más haberse ganado el respeto de todos que su victoria en el torneo.

Dado que ya nadie lo rechazaba y le parecía agradable la época, So-Nam pensó instalarse definitivamente en aquella época.

Pero ¿cómo terminar la misión?

Se le ocurrió una idea: por última vez tenía que hacer uso del guante…

Aquel día, el Dalái-Lama andaba paseándose con sus consejeros en el parque de su residencia del exilio, cuando uno de sus servidores le trajo el correo del día.

Una de las cartas le llamó la atención por la calidad del papel y lo luminoso de los colores. Abrió la carta con precaución, sacó una hoja y leyéndola, conoció la procedencia:

Lhassa, a 13 de abril de 7580

Estimado Maestro,

Cumplí la misión por usted confiada. Encontrará en esta carta todas las informaciones que me ha pedido y todo cuanto pude observar paseándome por el tiempo. Ha evolucionado muchísmo la vida durante estos 5585 años, los pueblitos han desaparecido, el país ya no es sino una ciudad inmensa en que todo es impresionante.

Ya en el año 3010, los chinos…………………………………………………………………..

En cuanto a mí, encontrándome bien en esta época, opté por quedarme.

Sin embargo, podrá recuperar el guante pronunciando las palabras mágicas.

Espero que todas estas informaciones sean servibles y pueda usted tenerlas en cuenta aunque parecen inverosímiles.

Le agradezco, maestro venerado, por haberme permitido este viaje, a menos que… ¡no sea más que una alucinación!

So-Nam

Una historia sobre el Tíbet de ahora…

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